Una tarde de invierno del año 1808 llegaba en su caballo a Linares un sacerdote español muy joven llamado José Antonio Somoza.
El padre somoza era de un carácter muy fuerte y directo que a veces lo sobrepasaba, pero además era un hombre trabajador y destacado en sus labores con los campesinos.
En ese entonces el sacerdote comienza a trabajar en la parroquia de la villa san Ambrosio de Linares en donde su activa labor lo llevo a recorrer campos y villorrios difundiendo el evangelio a todos los habitantes.
Por ese mismo tiempo vivía en Linares una bella joven llamada Amanda Ovalle hija de una de las familias fundadoras de la villa. Ella era una mujer muy talentosa llena de inteligencia y belleza quien trabajaba en la parroquia anotando nacimientos, matrimonios y defunciones.
El padre Somoza apreciaba mucho la ayuda de Amanda en la parroquia ya que gran parte de sus quehaceres la pasaba afuera. Ambos en el pasar del tiempo se hicieron muy amigos y se tenían gran estimación.
Al llegar el año 1810 corre por Chile la noticia de independencia en donde Linares no queda ajena al fervor nacional , llenando en sus pobladores de un espíritu de libertad. Sin embargo el padre Somoza como buen español era mejor realista y por lo cierto no aceptaba lo que estaba sucediendo. Es entonces cuando en un sermón del domingo el cura Somoza fustiga duramente a los patriotas y los descalifico en su totalidad.
Es aquí en donde empiezan a circular entre la villa comentarios de la relación que tenían el sacerdote y la joven Amanda, relación que excedía las normales de un cura y su secretaria y que se les había visto en conversaciones demasiadas intimas.
Al pasar unos meses la situación se hizo insostenible para el sacerdote y un día de marzo de 1811 este recrimina a sus acusadores con algunos versículos de la biblia “ Entonces llovió azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra”. Esa misma noche y luego de rezar hasta altas horas , el padre Somoza pide a su sacristán que le trajera aceite sagrado para luego vestirse de ornamentos negros y dirigirse a la plaza.
Cubierta de una neblina invernal él junto a su sacristán atravesaron los grandes arboles y llegaron a la esquina norte de la villa en donde el sacerdote en voz alta dijo: “ Villa ingrata, nunca serás grande, habrá miseria en tus calles, infelicidad en tus hogares y sufrirás por siglos sin dicha ni glorias “.
Al pasar por los cuatro puntos de la plaza profesando la maldición el cura Somoza se dirige lentamente a su parroquia en donde dice a su sacristán que avisara al pueblo que por enfermedad no volvería a cantar misa.
Poco tiempo después un día en la mañana el sacristán se dirige a la habitación del padre Somoza en donde para su sorpresa encuentra al sacerdote colgado de una viga.
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